Descubrimiento de cueva en Nueva Zelanda revela especies antiguas, incluido un pariente del kakapo.

hace 6 meses

Descubrimiento de cueva en Nueva Zelanda revela especies antiguas, incluido un pariente del kakapo.

Investigadores que excavaban en una cueva de la Isla Norte de Nueva Zelanda han descubierto un tesoro de fósiles de aves antiguas que datan de hace un millón de años. Los hallazgos, publicados en Alcheringa: An Australasian Journal of Palaeontology, revelan un grupo de aves ancestrales previamente desconocido en Aotearoa (el nombre maorí de Nueva Zelanda). Uno de los fósiles identificados pertenece a un predecesor del distintivo y emblemático loro no volador, el kākāpō.

Los fósiles fueron desenterrados en la Cueva de la Cáscara de Huevo de Moa (Moa Eggshell Cave), cerca del pueblo de Waitomo, en la Isla Norte, y analizados por un equipo multidisciplinar de paleontólogos de la Universidad de Flinders y el Museo de Canterbury. Este descubrimiento no es solo un hito en la paleontología neozelandesa, sino que también ofrece una ventana vital a un periodo de la historia natural de las islas que, hasta ahora, había permanecido misteriosamente en blanco. Este «volumen perdido», como lo describen los expertos, nos obliga a reevaluar no solo la evolución de la fauna aviar del país, sino también el verdadero impacto que tuvieron las fuerzas naturales, como el vulcanismo extremo, mucho antes de la llegada de los humanos.

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Índice
  1. El Tesoro Fósil de Aotearoa: Un Millón de Años Bajo Tierra
  2. El Enigma del Periodo Perdido: Rellenando 15 Millones de Años de Historia
    1. El Cruce de la Evolución Aviar
  3. Strigops insulaborealis: El Eslabón Perdido del Kākāpō
    1. Un Retrato de la Diversidad Antigua
  4. Volcanes y Clima: Los Escultores de la Avifauna Neozelandesa
    1. La Cueva como Cápsula del Tiempo
  5. Conclusión: Redefiniendo la Extinción en Nueva Zelanda
  6. Fuentes

El Tesoro Fósil de Aotearoa: Un Millón de Años Bajo Tierra

La excavación en la Cueva de la Cáscara de Huevo de Moa reveló fósiles de al menos 12 aves antiguas y cuatro especies de ranas. Trevor Worthy, paleontólogo de la Universidad de Flinders, destacó que algunas de estas aves eran miembros inéditos del registro fósil de Nueva Zelanda, lo que subraya la riqueza biológica que una vez existió en las islas. Este yacimiento, que lleva el nombre de las grandes aves extintas (moas) cuyos restos se encuentran a menudo en las cuevas de la región, ha demostrado ser crucial para comprender la avifauna del Pleistoceno temprano.

Worthy explicó en un comunicado que “Este hallazgo notable sugiere que nuestros antiguos bosques fueron una vez el hogar de un grupo diverso de aves que no sobrevivieron el millón de años siguiente”. Muchas de estas especies se extinguieron en los años intermedios, probablemente debido a importantes cambios climáticos o a las erupciones volcánicas masivas que azotaron las islas con una frecuencia dramática. El hecho de que se encontraran restos tan bien conservados, junto con la evidencia de ranas —que requieren condiciones ambientales estables y húmedas—, indica que el entorno de la cueva debió ser un refugio crucial durante periodos de estrés ecológico. La diversidad de especies, desde predecesores de loros hasta aves acuáticas y palomas, pinta un retrato vívido de un ecosistema que estaba en constante cambio y adaptación a los desafíos geológicos.

La singularidad de este estudio radica en su capacidad para ofrecer información sobre un periodo de tiempo poco comprendido. Aunque la investigación no constituye el primer hallazgo fósil importante en Nueva Zelanda, Paul Scofield, conservador principal de historia natural en el Museo de Canterbury, señala que arroja luz sobre una era que había permanecido casi invisible para la ciencia. Si bien los paleontólogos ya contaban con instantáneas de la vida en Aotearoa gracias a las excavaciones en St Bathans (Central Otago), que abarcan entre 20 y 16 millones de años atrás, el vasto intervalo de 15 millones de años que separaba ese registro del Pleistoceno superior era una gran incógnita.

Scofield afirmó que “Estos nuevos hallazgos arrojan luz sobre el periodo de 15 millones de años, desde entonces hasta hace 1 millón de años, que está en gran medida ausente en el registro fósil de Nueva Zelanda”. Este vacío cronológico era una frustración constante para los investigadores, ya que sin datos de esa época, resultaba imposible rastrear las líneas evolutivas y comprender cómo las especies ancestrales se adaptaron o sucumbieron a las transformaciones geológicas y ambientales de las islas. El descubrimiento de Moa Eggshell Cave actúa como un puente, permitiendo a los científicos conectar la fauna del Mioceno con las especies más recientes.

El Enigma del Periodo Perdido: Rellenando 15 Millones de Años de Historia

Para entender la magnitud del descubrimiento de Waitomo, es esencial contextualizar el registro fósil neozelandés. Durante décadas, gran parte del conocimiento sobre la fauna prehistórica se basó en los restos más recientes, a menudo asociados con las grandes extinciones masivas posteriores a la llegada de los maoríes hace unos 750 años. Sin embargo, el periodo anterior a ese punto, especialmente la transición del Mioceno al Pleistoceno, estaba prácticamente en blanco.

El yacimiento de St Bathans, mencionado por Scofield, ha sido fundamental para revelar la vida del Mioceno inferior. Este sitio, conocido por su rica colección de fósiles de un ecosistema de humedales y lagos, ha proporcionado evidencia de fauna única, incluyendo cocodrilos, tortugas, murciélagos primitivos y moas ancestrales. Este registro nos mostró cómo era Aotearoa cuando el clima era más cálido y el país aún mantenía ciertas conexiones biológicas con Gondwana. Pero luego, el registro se cortaba abruptamente. El cambio geológico y climático a lo largo de esos 15 millones de años, incluyendo la elevación de las cadenas montañosas (como los Alpes del Sur) y la intensificación de la actividad tectónica y volcánica, reestructuró radicalmente el paisaje y los hábitats disponibles.

El Cruce de la Evolución Aviar

El hallazgo de fósiles en la Cueva de la Cáscara de Huevo de Moa, datados con precisión hace un millón de años, permite a los paleontólogos observar cómo la fauna que sobrevivió al Mioceno se diversificó y evolucionó para adaptarse a una Nueva Zelanda más fría, montañosa y geológicamente inestable. Este millón de años es crucial porque precede a los grandes cambios climáticos del Pleistoceno (las glaciaciones) y a los picos de actividad volcánica.

Los 12 restos de aves identificados representan un punto intermedio en el proceso de especiación. Por ejemplo, el ancestro del kākāpō encontrado allí muestra características que sugieren una transición evolutiva. En un entorno sin mamíferos depredadores terrestres (excepto murciélagos), muchas aves neozelandesas perdieron la capacidad de volar, conservando energía y especializándose en hábitats terrestres. Observar a un ancestro del kākāpō que potencialmente volaba ilustra que la presión selectiva para la pérdida del vuelo podría haber sido más gradual o dependiente de fluctuaciones ambientales muy específicas, como la densidad del bosque o la disponibilidad de alimentos, antes de consolidarse hace un millón de años. Este tipo de evidencia ayuda a reconstruir el camino evolutivo que condujo a la avifauna única que conocemos hoy.

Strigops insulaborealis: El Eslabón Perdido del Kākāpō

Una de las especies cavernícolas recién identificadas es Strigops insulaborealis, un ancestro directo del loro kākāpō. El kākāpō (Strigops habroptilus), que en maorí significa "loro nocturno", es famoso por ser el único loro no volador del mundo, el más pesado y, trágicamente, una de las especies más raras y en mayor peligro de extinción, dependiendo completamente de programas intensivos de conservación.

El kākāpō moderno es un animal robusto; utiliza sus fuertes patas para escalar árboles y se alimenta de vegetación y frutos. La pérdida de la capacidad de vuelo es una adaptación clásica de los ecosistemas insulares aislados, donde la ausencia de mamíferos terrestres depredadores hace que el vuelo sea menos necesario para la supervivencia. Sin embargo, el análisis del S. insulaborealis sugiere que su ancestro podría haber conservado la capacidad de volar. Esta conclusión se basa en la morfología de los huesos del ala y el esternón, aunque se necesitará más investigación para confirmarlo de manera concluyente. Si S. insulaborealis era capaz de volar, su existencia hace un millón de años marca un punto clave en la evolución de su linaje: el momento en que la selección natural comenzó a favorecer la vida terrestre y a desmantelar la maquinaria de vuelo.

Un Retrato de la Diversidad Antigua

Además del ancestro del kākāpō, la excavación reveló otras especies notables. Se encontró un homólogo antiguo del takahē (Porphyrio hochstetteri), una gallineta de pantano no voladora y distintiva, también endémica y críticamente amenazada de Nueva Zelanda. El takahē, con su plumaje azul brillante, es otro ejemplo de una especie que perdió el vuelo al evolucionar en un ambiente sin depredadores.

Asimismo, se identificó una especie de paloma ancestral. Los investigadores postulan que la intensa actividad volcánica y los drásticos cambios climáticos transformaron los bosques y matorrales de las islas, imponiendo un "reinicio" biológico a las aves nativas. Estos cambios ambientales masivos habrían ejercido una intensa presión evolutiva. Las aves que no lograron adaptarse a los nuevos paisajes y recursos, o que dependían de ecosistemas que fueron borrados por la ceniza volcánica, simplemente se extinguieron.

Scofield cree que este estrés ambiental fue un motor principal de la diversificación evolutiva: “Creemos que este fue un factor impulsor importante para la diversificación evolutiva de aves y otras faunas en la Isla Norte”. En esencia, la inestabilidad geológica de Nueva Zelanda forzó a la evolución a trabajar a un ritmo acelerado, seleccionando rápidamente aquellas adaptaciones más adecuadas para sobrevivir a cataclismos recurrentes.

Volcanes y Clima: Los Escultores de la Avifauna Neozelandesa

La datación precisa de los fósiles fue posible gracias a una peculiaridad geológica de la Cueva de la Cáscara de Huevo de Moa: los restos estaban "emparedados" entre dos capas de ceniza volcánica antigua. La capa inferior provenía de una erupción ocurrida hace 1.55 millones de años, mientras que la capa superior fue depositada por una erupción masiva hace 1 millón de años. Esta estratigrafía volcánica proporciona un marco cronológico excepcionalmente fiable para los restos biológicos que se encuentran entre ellas.

Los volcanólogos del equipo de estudio analizaron la composición de la ceniza y sugirieron que la erupción más reciente (hace 1 millón de años) debió haber sido un evento gigantesco, con el potencial de haber sepultado gran parte de la Isla Norte bajo una capa profunda de ceniza y tefra. Estos eventos, a menudo asociados con la Zona Volcánica de Taupō (que alberga uno de los volcanes más activos y potencialmente peligrosos del mundo), habrían provocado extinciones localizadas y reestructuraciones ecológicas a gran escala. Una erupción de tal magnitud podría haber destruido hábitats forestales enteros, desviado ríos y alterado permanentemente el suelo, forzando a las especies supervivientes a buscar refugio o a evolucionar rápidamente.

La Cueva como Cápsula del Tiempo

La presencia de la capa de ceniza más antigua (1.55 millones de años) dentro de Moa Eggshell Cave sugiere que esta podría ser una de las cuevas más antiguas conocidas en la Isla Norte. Las cuevas son entornos geológicamente estables que a menudo actúan como trampas de tiempo, preservando restos que se perderían en la superficie debido a la erosión o descomposición. Esta longevidad de la cueva ha sido fundamental para capturar un momento tan específico y crucial en la historia evolutiva de Aotearoa.

Históricamente, la narrativa dominante sobre la pérdida de la avifauna neozelandesa se ha centrado en el impacto humano. Trevor Worthy señaló: “Durante décadas, la extinción de las aves de Nueva Zelanda se vio principalmente a través de la lente de la llegada humana hace 750 años”. Los maoríes y, más tarde, los colonos europeos, trajeron consigo ratas, perros y otros depredadores, además de la sobreexplotación de especies como el moa. Este nuevo estudio, sin embargo, nos recuerda que el destino de la fauna ya estaba siendo moldeado por fuerzas mucho más antiguas y poderosas.

Worthy concluyó: “Este estudio demuestra que fuerzas naturales como los supervolcanes y los cambios climáticos dramáticos ya estaban esculpiendo la identidad única de nuestra vida silvestre hace más de un millón de años”. Los ecosistemas neozelandeses han pasado por múltiples fases de aniquilación y resurgimiento, dictadas por la geología implacable de la región. Comprender estos ciclos naturales es vital para entender las presiones evolutivas que llevaron al endemismo extremo y a las vulnerabilidades actuales de especies como el kākāpō y el takahē.

Conclusión: Redefiniendo la Extinción en Nueva Zelanda

El descubrimiento de la Cueva de la Cáscara de Huevo de Moa y su riqueza fósil no solo llena un vacío cronológico, sino que también ofrece una perspectiva más compleja sobre la biodiversidad y la extinción en Nueva Zelanda. En lugar de ver la historia de la vida silvestre como una caída precipitada tras la colonización humana, empezamos a reconocer que las especies endémicas ya estaban navegando por un paisaje de "reinicio" geológico y climático continuo.

Los hallazgos nos recuerdan que la vulnerabilidad de las especies neozelandesas, especialmente su falta de vuelo, fue una adaptación evolutiva a un entorno particular que se mantuvo estable durante largos periodos, pero que fue periódicamente interrumpido por cataclismos naturales. El estudio de Strigops insulaborealis y otras aves ancestrales refuerza la idea de que la vida en Aotearoa ha sido una lucha constante contra la geología dinámica de la Tierra.

Como señaló Paul Scofield, este descubrimiento es mucho más que un simple conjunto de huesos nuevos. “Esto no era un capítulo perdido en la historia antigua de Nueva Zelanda; era un volumen perdido”. La capacidad de fechar y contextualizar estos restos de un millón de años nos permite finalmente abrir ese volumen y leer las complejas narrativas evolutivas que definieron a la fauna única que, aún hoy, luchamos por conservar. Para las generaciones futuras de conservacionistas y paleontólogos, estos fósiles serán herramientas cruciales para trazar la resistencia y la adaptación de la vida en una de las regiones geológicamente más activas del planeta.

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Fuentes

https://www.eurekalert.org/news-releases/1114510
https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/03115518.2024.2307844
https://www.doc.govt.nz/nature/native-animals/birds/birds-a-z/kakapo/
https://www.doc.govt.nz/nature/native-animals/birds/birds-a-z/takahe/
https://www.flinders.edu.au/research/archaeology/ancient-new-zealand-birds
https://teara.govt.nz/en/fossils/page-6
https://www.gns.cri.nz/home/our-science/volcanoes/taupo-volcanic-zone/

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