La comida carbonizada en vasijas antiguas revela una cocina europea prehistórica sorprendentemente compleja.
hace 6 meses

Lo que vuestros antepasados comían hace miles de años no siempre desaparecía con la última cucharada del menú. Los restos microscópicos de alimentos preservados en cerámicas antiguas demuestran que las comunidades de cazadores-recolectores en el norte y el este de Europa preparaban comidas variadas entre el sexto y el tercer milenio a.C. En lugar de depender únicamente del pescado o de la caza mayor, como podríais haber imaginado, estos platos a menudo combinaban productos del mar con bayas, hierbas, semillas y otras plantas silvestres. Esta visión rompe con la idea tradicional de una dieta prehistórica monótona y exclusivamente carnívora, revelando una sofisticación culinaria que hasta ahora nos había pasado desapercibida.
En un estudio publicado en PLOS One, un equipo de arqueobotánicos de la Universidad de York examinó los residuos orgánicos preservados en fragmentos de cerámica procedentes de diversos yacimientos arqueológicos de toda la región. Su análisis indica que las plantas se cocinaban regularmente junto con pescados y mariscos, una parte de las dietas prehistóricas que hasta ahora había sido extremadamente difícil de documentar debido a la naturaleza perecedera de los tejidos vegetales. Este hallazgo permite reconstruir con mayor precisión las recetas que alimentaron a las poblaciones europeas mucho antes de la llegada de la agricultura intensiva.
Este estudio muestra la complejidad de las dietas de los cazadores-recolectores-pescadores durante el Mesolítico en Europa, según explicó la autora principal, Lara González Carretero, a Discover. Las investigaciones anteriores se habían centrado excesivamente en los productos animales, dejando de lado el papel crucial de los vegetales. Las plantas han sido ignoradas históricamente debido a las dificultades para evaluar su conexión con la dieta humana, ya que no suelen dejar rastros tan evidentes como los huesos de animales o las espinas de pescado en el registro arqueológico.
Huellas microscópicas que transforman la cocina prehistórica europea
Para identificar estos ingredientes vegetales que habían pasado desapercibidos durante décadas, los investigadores examinaron los residuos orgánicos depositados en 58 fragmentos de cerámica recuperados en 13 yacimientos arqueológicos diferentes. Utilizaron una combinación de análisis microscópico y pruebas químicas para identificar tejidos vegetales y otros restos de alimentos carbonizados. La mayoría de los estudios convencionales se basan en los residuos grasos preservados en los poros de la cerámica, un método que tiene limitaciones importantes, ya que detecta principalmente productos animales ricos en lípidos, como la carne o la leche, dejando fuera gran parte de la información sobre las plantas.
Bajo el microscopio, además de rastros de gramíneas, leguminosas, bayas y verduras de hoja verde, los residuos contenían partes de plantas subterráneas, como raíces y tubérculos. Este descubrimiento es fundamental, pues sugiere que estas comunidades tenían un conocimiento profundo de su entorno y sabían qué partes de la planta eran comestibles y nutritivas tras un proceso de cocción. La presencia de almidones y tejidos vasculares específicos confirma que la olla de barro no solo servía para calentar agua, sino que era el centro de una cocina compleja donde se mezclaban ingredientes de origen muy diverso.
Las pruebas químicas realizadas sobre los mismos residuos mostraron que el pescado y otros alimentos acuáticos solían ser el ingrediente dominante en estos guisos. Sin embargo, en lugar de sustituir al pescado, las plantas parecen haber sido añadidas a las comidas para complementar los recursos acuáticos, aportando quizás sabor, textura o nutrientes esenciales que el pescado por sí solo no podía ofrecer. Esta combinación de proteínas animales y carbohidratos vegetales demuestra que la dieta de hace 8.000 años era mucho más equilibrada de lo que solemos pensar.
Los restos vegetales encontrados indican que los primeros cocineros de Europa no se limitaban a echar cualquier vegetación disponible en sus ollas. Al contrario, parece que seleccionaban repetidamente ciertas especies y partes específicas de las plantas para combinarlas con ingredientes animales concretos. Esto sugiere la existencia de una tradición culinaria heredada, donde las recetas se transmitían de generación en generación, perfeccionando el uso de los recursos del bosque y de los ríos para obtener el mejor resultado posible.
Algunas de estas combinaciones variaban según la región, lo que probablemente reflejaba tanto la disponibilidad de los recursos locales como las prácticas culturales distintivas de cada grupo. En algunas zonas, los cocineros utilizaban plantas de la familia Amaranthaceae, un grupo que incluye especies emparentadas con las remolachas y cuyo papel en las dietas prehistóricas ha sido objeto de debate entre los investigadores durante mucho tiempo. La confirmación de su consumo directo supone un hito en la arqueobotánica europea.
Lara González Carretero expresó su satisfacción al identificar tejidos vegetales y semillas pertenecientes a la familia Amaranthaceae, ya que su consumo humano ha sido largamente debatido. La presencia de estos elementos como parte de los residuos alimenticios es la primera evidencia directa de su consumo y de su importancia en las dietas de las personas del pasado. Esto nos indica que lo que hoy consideramos "superalimentos" o plantas silvestres de poco valor, eran ingredientes fundamentales en la despensa de vuestros antepasados.
El misterio de la baya tóxica: la rosa de güelder
Otra de las grandes sorpresas del estudio surgió cuando el equipo descubrió restos de rosa de güelder (Viburnum opulus), una baya que aparecía de forma recurrente en los análisis. Lo que resulta fascinante de este hallazgo es que estas bayas son tóxicas si se consumen crudas y tienen un sabor bastante desagradable incluso cuando se procesan y cocinan. Su presencia constante en las vasijas indica que estas comunidades elegían procesar estas bayas en recipientes cerámicos por una razón específica, posiblemente medicinal o para neutralizar su toxicidad mediante el calor.
El aspecto más sorprendente de las plantas fue la presencia generalizada de las bayas de rosa de güelder, según compartió Carretero con Discover. Es evidente que estas comunidades no estaban simplemente recolectando lo primero que encontraban, sino que tenían un propósito claro al incluir un ingrediente tan difícil de gestionar en sus comidas. Esto abre la puerta a teorías sobre si estas bayas se utilizaban como condimento para dar un toque ácido a los guisos o si formaban parte de algún tipo de ritual o tratamiento terapéutico integrado en la alimentación diaria.
Diversidad regional y adaptación al entorno
La investigación también ha puesto de manifiesto cómo las comunidades se adaptaban a su microclima. Mientras que en las zonas costeras predominaba la mezcla de mamíferos marinos con plantas específicas, en las zonas de interior la combinación de peces de agua dulce con frutos secos y semillas era la norma. Esta especialización regional demuestra que los cazadores-recolectores no eran grupos nómadas que vagaban sin rumbo, sino que poseían un control exhaustivo de su territorio y sabían cómo explotar cada estación del año para diversificar su dieta.
La presencia de nueces y semillas ricas en aceites en los residuos sugiere que también buscaban maximizar el aporte calórico de sus platos. En un entorno donde el invierno podía ser implacable, la capacidad de crear guisos densos y nutritivos utilizando una base de pescado y enriqueciéndola con carbohidratos y grasas vegetales era una estrategia de supervivencia clave que demuestra una inteligencia logística y culinaria superior.
Vasijas antiguas que revelan tradiciones compartidas
Los hallazgos también sugieren que las tradiciones culinarias podrían haber estado vinculadas a las propias tradiciones cerámicas. Los investigadores descubrieron que las vasijas fabricadas con diferentes técnicas de manufactura se utilizaban a menudo para preparar distintos tipos de alimentos. Esto sugiere que los hábitos culinarios no solo estaban determinados por los ingredientes locales, sino también por prácticas compartidas en torno a la fabricación de la cerámica y su uso social.
Esto significa que la alfarería no era solo una herramienta técnica, sino una expresión de la identidad cultural. Un grupo de personas que fabricaba sus ollas de una manera determinada tendía a cocinar unos platos específicos, mientras que un grupo vecino, con una tecnología cerámica diferente, prefería otras combinaciones de alimentos. La cocina, por tanto, funcionaba como un marcador social, igual que lo hace hoy en día en las diferentes regiones de España o de Europa.
Los residuos también ayudan a clarificar el propósito de la cerámica europea temprana. Durante años se pensó que estas vasijas servían principalmente para procesar aceites de pescado o materiales industriales, pero los restos preservados demuestran que su uso principal era la cocina de comidas complejas. Para los investigadores, los restos de comida carbonizada que aún se adhieren a estas vasijas antiguas ofrecen una visión directa de cómo la gente preparaba y combinaba ingredientes hace miles de años, permitiéndonos casi "oler" y "saborear" sus recetas a través del tiempo.
La evolución de la técnica culinaria en el Mesolítico
Es importante entender que la transición hacia una cocina más elaborada no fue un evento repentino, sino un proceso de milenios. El uso de la cerámica permitió a estas comunidades explorar técnicas de cocción como el hervido prolongado o el estofado, algo que era mucho más difícil de lograr con métodos anteriores como el asado directo sobre el fuego o el uso de piedras calientes en odres de cuero. La cerámica supuso una revolución tecnológica que permitió ablandar alimentos duros, como raíces y semillas, haciéndolos digeribles y seguros para el consumo.
Este avance tecnológico fue de la mano con una mayor sedentarización parcial. Al tener vasijas pesadas y frágiles, los grupos humanos tendían a permanecer más tiempo en lugares estratégicos donde los recursos abundaban. La cocina se convirtió en el corazón del asentamiento, un lugar de reunión donde se procesaban los recursos obtenidos durante el día. La complejidad de los platos analizados en el estudio de la Universidad de York sugiere que dedicar tiempo a la preparación de la comida era una parte esencial de su estructura social y del cuidado de los miembros del grupo, incluidos niños y ancianos que podían tener más dificultades para masticar alimentos crudos o duros.
Además, el hecho de encontrar mezclas consistentes de plantas y pescado indica que existía un paladar desarrollado. No se trataba solo de ingerir calorías, sino de cómo esas calorías se presentaban y se saboreaban. La combinación de la dulzura de ciertas bayas con el sabor salino de los mariscos, o el uso de plantas amargas como la rosa de güelder para equilibrar la grasa del pescado, nos habla de una gastronomía incipiente que ya buscaba el equilibrio de sabores.
El impacto de estos hallazgos en nuestra visión del pasado
Este tipo de investigaciones cambia radicalmente la narrativa sobre la evolución humana y nuestra relación con la comida. A menudo tenéis la imagen de los antiguos europeos como seres primitivos que apenas sobrevivían recolectando lo que podían, pero la realidad que muestra la ciencia es la de sociedades con una cultura culinaria vibrante y sofisticada. La capacidad de transformar ingredientes tóxicos o desagradables en parte de una comida habitual es un testimonio de su ingenio y de su capacidad de experimentación.
El estudio subraya la necesidad de seguir aplicando técnicas de alta resolución en la arqueología moderna. Si solo nos hubiéramos quedado con los análisis de lípidos, seguiríamos creyendo que solo comían grasa animal. Al mirar a través del microscopio, hemos descubierto un mundo verde que estaba oculto a plena vista. Esto nos obliga a replantearnos qué otros aspectos de la vida prehistórica estamos pasando por alto debido a nuestras propias limitaciones metodológicas o sesgos culturales.
Por último, esta investigación nos recuerda que la cocina es uno de los hilos conductores más antiguos de la humanidad. A través de los milenios, el acto de reunir ingredientes, procesarlos con fuego y compartirlos en un recipiente común ha definido quiénes somos. Al estudiar lo que había en esas ollas de hace 8.000 años, no solo estamos aprendiendo sobre su dieta, sino sobre su cultura, su tecnología y su profunda conexión con el mundo natural que los rodeaba.
Fuentes
https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0283081
https://www.york.ac.uk/news-and-events/news/2023/research/prehistoric-pottery-reveals-diets/
https://www.sciencedaily.com/releases/2023/02/230209114755.htm

Deja una respuesta