Símbolos de la Edad de Piedra de hace 40.000 años podrían ser precursores del lenguaje escrito.
hace 2 semanas

Las marcas geométricas grabadas en herramientas y figuritas del Paleolítico no eran una simple decoración aleatoria. Un nuevo análisis computacional ha demostrado que los seres humanos de la Edad de Hielo utilizaban estas secuencias repetidas de puntos, líneas y muescas para codificar información. Este hallazgo cambia por completo nuestra percepción de las capacidades cognitivas de nuestros ancestros y sitúa el origen de los sistemas de almacenamiento de datos mucho antes de lo que se pensaba tradicionalmente.
Publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, el estudio ha sido llevado a cabo por un equipo de investigadores que examinó más de 3.000 signos hallados en 260 objetos datados entre hace 34.000 y 45.000 años. Los resultados revelaron que estas secuencias siguen patrones estadísticos consistentes, lo que sugiere una intención comunicativa estructurada. Su configuración informativa es comparable a la de las tablillas de protocuneiforme temprano, algunos de los registros de escritura más antiguos conocidos de la antigua Mesopotamia. Sin embargo, no se debe a que representen un lenguaje hablado, sino a que comparten niveles similares de repetición y previsibilidad en su estructura interna.
Como ha señalado el profesor Christian Bentz de la Universidad del Sarre, esta investigación está ayudando a descubrir las propiedades estadísticas únicas, o la huella digital estadística, de estos sistemas de signos. Estos grabados se consideran ahora un predecesor temprano de la escritura, una forma de tecnología de la información que permitía a los humanos del Paleolítico exteriorizar su memoria y compartir datos complejos con otros miembros de su comunidad o incluso con generaciones futuras.
La medición de la estructura de los símbolos de la Edad de Piedra
Muchos de los objetos marcados proceden de cuevas del Jura de Suabia, en Alemania, aunque se han encontrado tallas similares en artefactos paleolíticos por toda Europa. Estos objetos, que incluyen figuritas de marfil, herramientas de hueso y diversos elementos tallados, suelen mostrar filas repetidas de puntos, cruces y muescas dispuestos a intervalos regulares. La precisión de estos grabados sugiere que no fueron realizados de forma apresurada, sino que seguían un orden deliberado y sistemático.
En lugar de intentar interpretar el significado individual de cada símbolo, una tarea que a menudo cae en la especulación, los investigadores se centraron en cómo estaban organizados. Bentz y la arqueóloga Ewa Dutkiewicz reunieron una base de datos digital de más de 3.000 signos extraídos de colecciones de museos de toda Europa. El enfoque fue puramente cuantitativo, tratando los grabados como flujos de datos para identificar si existía una sintaxis o una lógica subyacente en su disposición.
Analizaron la frecuencia con la que aparecía cada símbolo individual, cómo se agrupaban los signos y qué tan predecible era cada secuencia. El objetivo principal no era descifrar las tallas en el sentido lingüístico tradicional, sino comprender la estructura estadística que las sustentaba. Al hacerlo, pudisteis observar que estos humanos no estaban simplemente garabateando; estaban aplicando un sistema de reglas que permitía la transmisión de información de manera eficiente.
El uso de la entropía en el análisis arqueológico
Para evaluar la estructura de estos signos, el equipo utilizó el concepto de entropía, una estimación estadística que mide cuánta información puede transportar una secuencia. En los sistemas de comunicación, una entropía muy alta indica una falta de previsibilidad, similar al ruido aleatorio. Por el contrario, los sistemas altamente repetitivos tienen una entropía baja. Los signos paleolíticos se encuentran en un punto intermedio muy interesante.
Esto significa que, aunque repiten elementos con frecuencia (como una serie de líneas o una sucesión de puntos), no lo hacen de forma puramente mecánica o aleatoria. Este equilibrio es lo que permite que un sistema sea informativo. Si cada signo fuera siempre el mismo, no habría mensaje; si todos fueran diferentes y sin orden, el receptor no podría identificar un patrón. El hallazgo de esta estructura intermedia es una prueba de que los grabados tenían una función representativa.
Comparación con los primeros sistemas de escritura
Al comparar estos hallazgos con el protocuneiforme, la semejanza resulta asombrosa. El protocuneiforme, que surgió aproximadamente 40.000 años después en Mesopotamia, también dependía en gran medida de símbolos repetidos y aún no codificaba directamente el lenguaje hablado de la misma forma que lo hacemos hoy. Su estructura estadística refleja casi fielmente la de las secuencias paleolíticas mucho más antiguas, lo que sugiere que el camino hacia la escritura fue un proceso evolutivo mucho más largo de lo que se creía.
Esta comparación nos permite entender que la humanidad pasó por una fase prolongada de uso de sistemas de notación antes de llegar a la escritura glotográfica (la que representa el habla). Durante milenios, vuestros antepasados utilizaron marcas para llevar cuentas, registrar ciclos astronómicos o identificar la propiedad, sin necesidad de que esos signos correspondieran a sonidos fonéticos específicos. Es una forma de comunicación puramente visual y conceptual que cumplía perfectamente con las necesidades sociales de la época.
El cambio estructural más importante no ocurrió hasta hace unos 5.000 años. En ese momento, los sistemas de escritura empezaron a representar el habla, lo que introdujo un patrón estadístico completamente diferente: uno con menos repetición y una densidad informativa mucho más alta. Esta transición marcó el nacimiento de la escritura tal como la conocemos, pero el estudio subraya que los cimientos se pusieron decenas de miles de años antes, en las paredes de las cuevas y en las herramientas de hueso.
Variaciones según el tipo de objeto
El análisis también reveló variaciones significativas dentro del propio material paleolítico. No todos los objetos se crearon con el mismo propósito informativo. Las figuritas, por ejemplo, tienden a mostrar una densidad de información más alta que las herramientas. Esto sugiere que ciertos objetos, quizás aquellos con una carga ritual o social más profunda, llevaban secuencias más complejas que los utensilios de uso diario.
Esta distinción es crucial porque indica que los humanos del Paleolítico sabían adaptar su sistema de codificación según el soporte y el mensaje. Una herramienta de caza podría requerir una anotación sencilla, quizás un recuento de presas, mientras que una figura simbólica podría contener una narrativa más densa o una serie de códigos de identidad grupal. Esto demuestra una flexibilidad cognitiva y una capacidad de abstracción que solemos asociar únicamente con civilizaciones mucho más tardías.
Una larga historia de codificación de información
Los artefactos analizados pertenecen a un periodo en el que el Homo sapiens se había extendido recientemente por Europa y estaba entrando en contacto con los neandertales. Anatómica y cognitivamente, estos humanos primitivos eran prácticamente iguales a vosotros. Poseían la misma capacidad de asombro, de planificación y, como demuestra este estudio, de almacenamiento de datos mediante sistemas externos.
Eran artesanos altamente cualificados que comprendían el valor de la portabilidad. Muchos de los objetos analizados caben perfectamente en la palma de la mano, una característica que comparten curiosamente con las tablillas de arcilla del protocuneiforme mesopotámico. Esta portabilidad permitía que la información viajara con el individuo, facilitando el comercio, las alianzas entre clanes y la transmisión de conocimientos técnicos a través de grandes distancias.
Aunque el análisis estadístico no puede decirnos con precisión qué registraban estas secuencias (si eran calendarios lunares, mapas rudimentarios o genealogías), deja claro que eran intencionadas y estaban organizadas sistemáticamente. Las marcas repetidas no eran un adorno casual nacido del aburrimiento. Fueron colocadas siguiendo patrones que podían ser reproducidos, reconocidos y, presumiblemente, comprendidos dentro de una comunidad específica.
En una sociedad nómada o seminómada de cazadores-recolectores, la capacidad de externalizar la información era una ventaja evolutiva masiva. Imaginad por un momento que vuestro grupo necesita recordar cuándo migrarán los renos o qué grupos familiares tienen derecho a explotar ciertos recursos en un valle lejano. Confiar únicamente en la memoria biológica es arriesgado. Al grabar estos datos en herramientas o figuritas, el conocimiento se volvía tangible y perdurable.
Este uso de "ayudas de memoria" externas es lo que los científicos llaman exogramas. Los exogramas permitieron a los seres humanos superar las limitaciones de su propio cerebro, creando una memoria colectiva que no moría con el individuo. Este sistema de comunicación visual fue fundamental para la cohesión social y para el éxito de nuestra especie frente a otros homínidos que quizá no desarrollaron sistemas de codificación tan sofisticados.
La evolución hacia la representación visual del pensamiento
Vistos de esta manera, los grabados paleolíticos son parte de una historia mucho más extensa sobre cómo los seres humanos empezaron a organizar la información visualmente. Este proceso se desarrolló gradualmente y adoptó muchas formas antes de que la escritura llegara a representar el lenguaje hablado. Fue un experimento cognitivo que duró decenas de miles de años y que involucró la creación de una gramática visual antes de que existiera una gramática escrita.
El estudio de Bentz y Dutkiewicz nos invita a mirar con nuevos ojos las vitrinas de los museos de prehistoria. Lo que antes podíais ver como simples "marcas de caza" o decoraciones estéticas, ahora se revela como una red compleja de datos. Es un recordatorio de que la tecnología de la información no empezó con el silicio ni con el papel, sino con una punta de piedra afilada y un trozo de marfil de mamut.
Al final, este análisis computacional de los signos de la Edad de Hielo cierra una brecha entre la arqueología y la lingüística. Nos enseña que la necesidad de comunicar y registrar datos es una parte intrínseca de lo que nos hace humanos. La próxima vez que veáis una de estas antiguas piezas de marfil grabadas, recordad que estáis observando un ancestro directo de la pantalla en la que estáis leyendo este artículo: un dispositivo de almacenamiento de información diseñado para vencer al olvido y al paso del tiempo.
Fuentes
https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2403730121

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