El mundo podría enfrentarse a un descenso de la población a finales de este siglo: ¿qué significa esto para la sociedad?
hace 2 semanas

En Estados Unidos, nace un bebé cada 9 segundos. Una persona muere también cada 9 segundos. Un inmigrante internacional entra en el país cada 90 segundos. Esto significa que, si haces las cuentas siguiendo el Reloj de Población mundial y de EE. UU. de la Oficina del Censo, el país gana una persona cada 57 segundos. Si te detienes a observar estas cifras, podrías pensar que el crecimiento es imparable y que el planeta está destinado a una expansión infinita.
Mientras tanto, el reloj de la población mundial muestra que nacen unos 2,5 niños cada segundo. Basándose en estos contadores, parece que la población mundial crece de forma constante y sin frenos. Sin embargo, si profundizas en los datos demográficos, verás que la realidad que nos espera a la vuelta de la esquina es muy distinta. Los demógrafos anticipan que la población alcanzará su punto máximo en los próximos 55 años y que, a partir de ese momento, comenzará un rápido descenso que transformará el mundo tal y como lo conocemos. Los investigadores no se ponen de acuerdo sobre cuáles podrían ser las consecuencias de una tasa de fertilidad en caída libre tanto para la sociedad como para la ciencia, y eso se debe a que la pérdida de población puede manifestarse de formas muy diversas según la región del globo que analices.
- ¿Qué se necesita para un crecimiento poblacional estable?
- El declive de las tasas de reemplazo y sus causas multifactoriales
- El papel de la inmigración en la estabilidad demográfica
- Qué significa el descenso de la población para el futuro de la sociedad
- La ciencia y la innovación en un mundo con menos personas
- Productividad y educación: las claves de la resiliencia
- Un cambio de paradigma global
- Fuentes
¿Qué se necesita para un crecimiento poblacional estable?
Para que la población de un país se mantenga estable, sin aumentar ni disminuir, la mujer media necesita tener 2,1 hijos a lo largo de su vida. Este número no es arbitrario: se conoce como tasa de reemplazo y permite que las generaciones se sucedan sin que el número total de habitantes merme. Sin embargo, si echas un vistazo a los informes recientes de la American Economic Review, te darás cuenta de que la tasa de reemplazo media ha estado cayendo en picado durante las últimas décadas en casi todo el planeta. Actualmente, Estados Unidos se encuentra en una tasa de reemplazo de 1,8, y la media mundial de los países ricos es de 1,7, aunque en naciones como Italia, Japón y España, las cifras son considerablemente más bajas.
El cambio demográfico no es una predicción de futuro, sino una realidad que ya ha llamado a nuestra puerta. Según explicó David E. Bloom, profesor de economía y demografía en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, a la revista Discover, durante los últimos 25 años las tasas de fertilidad han disminuido en todas las regiones del mundo y en todos los grupos de ingresos establecidos por el Banco Mundial. Lo que antes era un fenómeno exclusivo de las naciones más industrializadas se ha convertido en una tendencia global que afecta a culturas y economías de todo tipo.
Para que comprendas la magnitud del cambio, basta con mirar atrás unos pocos años. En 1960, la tasa de fertilidad media en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) era de 3,29 hijos por mujer. En 2023, esa media de la OCDE ha caído hasta el 1,54, situándose muy por debajo del nivel necesario para mantener la población. Se espera que la media mundial también baje al 2,1 para el año 2050. Esto implica que la población mundial, que actualmente ronda los 8.300 millones de personas, podría alcanzar un pico de 10.300 millones en 2084 y, a partir de ahí, iniciar un declive histórico.
El declive de las tasas de reemplazo y sus causas multifactoriales
Seguramente te preguntarás por qué la tasa de reemplazo ha disminuido tanto en apenas unas décadas. La respuesta no es única, ya que varía significativamente según la zona del mundo en la que te encuentres. En las sociedades occidentales, factores como el aumento del coste de la vida, el acceso generalizado a métodos anticonceptivos y el deseo de priorizar la carrera profesional han reconfigurado las prioridades familiares. Ya no se ve la descendencia como una necesidad económica o social, sino como una elección personal que muchos deciden postergar o, directamente, descartar.
En Estados Unidos, por ejemplo, existe una clara falta de deseo de ser padres entre las nuevas generaciones. Según los hallazgos del Pew Research Center, el 57 por ciento de las personas menores de 50 años que no tienen hijos afirman que, sencillamente, no quieren ser padres. Este cambio de mentalidad es fundamental para entender por qué las políticas de incentivos a la natalidad suelen fracasar en muchos países; no se trata solo de dinero, sino de un cambio cultural profundo sobre lo que significa una vida plena.
Por otro lado, tienes casos extremos como el de China. Allí, la política del hijo único impidió que las familias tuvieran más de un descendiente entre 1980 y 2015. Aunque el objetivo inicial era evitar una explosión demográfica que el país no pudiera gestionar, ahora China se enfrenta a uno de los descensos de población más drásticos de la historia. Según las Naciones Unidas, se espera que en los próximos 75 años la población china disminuya en 786 millones de personas, lo que supone la mitad de su población actual. Si estas proyecciones se cumplen, el tamaño de la población china en el año 2100 será similar al que tenía en 1950, borrando décadas de crecimiento en un tiempo récord.
El papel de la inmigración en la estabilidad demográfica
Mientras que algunos países ven cómo sus cifras se desploman, otros logran mantener cierta estabilidad gracias a los movimientos migratorios. En Estados Unidos, la inmigración es el motor que está ayudando a que la población no caiga de forma abrupta. Si no fuera por la entrada constante de personas de otros países, la población estadounidense caería en unos 100 millones para el año 2100, lo que representaría aproximadamente un tercio de su tamaño actual, de acuerdo con investigaciones del Brookings Institution.
La inmigración actúa como un amortiguador temporal. Al recibir personas en edad laboral, los países con bajas tasas de natalidad pueden seguir manteniendo sus sistemas de seguridad social y sus infraestructuras. Sin embargo, esta no es una solución eterna, ya que los países de origen de estos inmigrantes también están experimentando sus propios descensos en la fertilidad. A medida que el mundo entero envejece, la competencia por atraer talento y mano de obra joven será cada vez más intensa entre las naciones desarrolladas.
Debes tener en cuenta que el impacto de la migración no es solo numérico, sino también estructural. Los inmigrantes suelen tener tasas de fertilidad ligeramente superiores a las de la población local en una primera fase, lo que inyecta dinamismo a la pirámide poblacional. No obstante, los estudios demográficos muestran que, con el paso de las generaciones, las familias inmigrantes suelen asimilar las costumbres y tasas de natalidad del país de acogida, por lo que el "efecto rejuvenecedor" requiere de un flujo constante para ser efectivo a largo plazo.
Qué significa el descenso de la población para el futuro de la sociedad
Existen muchas teorías sobre cómo las tasas de fertilidad a la baja cambiarán nuestra forma de vivir. Una de las preocupaciones más urgentes es el envejecimiento de la población. Cuando hay menos jóvenes, falta mano de obra para proporcionar servicios de cuidado o para pagar los impuestos necesarios que financian los beneficios y servicios de atención a los mayores. El Fondo Monetario Internacional ha advertido repetidamente sobre el riesgo de que los sistemas de pensiones se vuelvan insostenibles si la proporción entre trabajadores y jubilados sigue desequilibrándose.
Imagina una sociedad donde la mayoría de los habitantes supera los 65 años. El consumo cambia, la demanda de servicios sanitarios se dispara y la capacidad de ahorro de la nación se ve comprometida. Este escenario, que ya es una realidad en muchas zonas de la "España vaciada" o en regiones rurales de Japón, plantea retos logísticos y humanos sin precedentes. ¿Quién cuidará de los ancianos si no hay suficientes enfermeros, médicos o familiares jóvenes? La presión sobre los servicios públicos podría obligar a los gobiernos a tomar medidas drásticas, desde retrasar la edad de jubilación hasta reformar por completo el sistema de bienestar.
Además del reto asistencial, existe un temor fundado sobre el estancamiento económico. Menos personas consumiendo significa menos demanda para las empresas, lo que puede llevar a un ciclo de deflación y bajo crecimiento. Si las ciudades empiezan a encogerse, las infraestructuras se vuelven demasiado costosas de mantener para una base impositiva cada vez menor. Escuelas que cierran, hospitales que se agrupan en grandes núcleos urbanos y pueblos que desaparecen son solo algunas de las consecuencias físicas de este declive demográfico que ya estamos empezando a presenciar.
La ciencia y la innovación en un mundo con menos personas
Otra preocupación importante es que la ciencia y la innovación podrían detenerse o ralentizarse significativamente cuando el flujo de personas que ingresan en estos campos se convierta en un mero goteo. La lógica es sencilla: menos personas significan menos ideas. Si tienes un grupo más pequeño de investigadores, científicos y emprendedores, las probabilidades de generar descubrimientos disruptivos disminuyen. La historia de la humanidad ha demostrado que los grandes avances tecnológicos suelen ocurrir en entornos de alta densidad poblacional y dinamismo social.
Sin embargo, no todos los expertos comparten esta visión pesimista. Algunos investigadores advierten que el crecimiento de la población no es necesariamente el motor que impulsa la mejora del nivel de vida. Según un estudio publicado en la Economics and Business Review, la población mundial ha crecido de forma constante durante miles de años, pero solo en los últimos dos siglos los avances tecnológicos han sido lo suficientemente significativos como para elevar los niveles de prosperidad. Esto permitió que las personas vivieran mejor y más tiempo, independientemente de cuántas personas nacieran cada año.
Por tanto, podrías argumentar que lo que importa no es la cantidad de gente, sino su capacidad creativa y técnica. Si una sociedad más pequeña está mejor formada y dispone de herramientas avanzadas como la inteligencia artificial o la robótica, podría ser capaz de generar más innovación que una población masiva pero sin recursos educativos. El debate entre "cantidad" y "calidad" humana es uno de los puntos centrales en la demografía moderna y marcará el éxito o el fracaso de las naciones en el siglo XXI.
Productividad y educación: las claves de la resiliencia
En lo que respecta al crecimiento económico, las investigaciones muestran que las características productivas de una población son más importantes que su tamaño absoluto. David E. Bloom comentó a Discover que no es tanto el número total de personas lo que determina la productividad, sino cuántas de esas personas están sanas y bien educadas. Una población pequeña pero altamente eficiente puede superar económicamente a una población grande que sufra de problemas de salud crónicos o falta de formación técnica.
Las sociedades que invierten hoy en mejorar el conjunto de habilidades de su población trabajadora podrían ser capaces de compensar las pérdidas derivadas del declive de la fertilidad. Si un trabajador, gracias a la tecnología y a una mejor educación, puede producir lo que antes producían tres, el impacto del descenso demográfico se mitiga considerablemente. Por eso, el enfoque de los gobiernos debería desplazarse de la simple obsesión por la natalidad hacia la inversión masiva en capital humano y salud pública.
Además, el aumento de la longevidad saludable juega un papel crucial. Si logramos que las personas lleguen a los 70 u 80 años con una salud robusta, estas pueden seguir contribuyendo a la sociedad, ya sea a través del empleo, el voluntariado o la transmisión de conocimientos. El reto no es solo tener más bebés, sino aprovechar al máximo el potencial de cada individuo que ya forma parte de la sociedad. La adaptación a un mundo "más viejo" requiere que repensemos el ciclo de vida laboral y eliminemos los prejuicios sobre la edad que actualmente limitan la productividad de los mayores.
Un cambio de paradigma global
Estamos ante un cambio de paradigma que transformará la geopolítica y la economía mundial. Países que hoy consideramos potencias podrían perder influencia debido a su implosión demográfica, mientras que otros que logren gestionar mejor su capital humano podrían emerger como nuevos líderes. El descenso de la población también ofrece oportunidades, como una menor presión sobre los recursos naturales y el medio ambiente, lo que podría ayudar en la lucha contra el cambio climático si sabemos gestionar la transición de forma equitativa.
Al final del día, el futuro no está escrito en piedra, pero las tendencias demográficas son difíciles de revertir a corto plazo. Si eres parte de una generación que está decidiendo si tener hijos o no, tus decisiones individuales, multiplicadas por millones, están dando forma al mundo del año 2100. Comprender que el crecimiento infinito no es la única vía hacia el progreso es fundamental para construir una sociedad que sea sostenible, innovadora y capaz de cuidar de todos sus ciudadanos, sin importar cuántos seamos.
Fuentes
https://www.census.gov/popclock/
https://population.un.org/wpp/
https://www.aeaweb.org/articles?id=10.1257/aer.20200331

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