¿Piensan y Sienten los Animales Como Nosotros? La Mayoría de la Gente Dice Sentir Sí — Pensar No
hace 1 mes

Si preguntas si los animales piensan y sienten, la gente de todo el mundo tiende a estar de acuerdo: sí, pero no de la misma manera que los humanos. Un nuevo estudio transcultural sugiere que esta distinción es más profunda que la cultura, la geografía o la edad. Desde la primera infancia en adelante, las personas consideran sistemáticamente que el pensamiento humano es fundamentalmente único, incluso cuando conceden a los animales sus propias vidas mentales y emocionales.
En un estudio transcultural publicado en el Journal of Environmental Psychology, que abarca 33 comunidades en 15 países, los investigadores encontraron un amplio consenso en que los animales pueden pensar y sentir, pero no como los humanos. Los sentimientos estaban más abiertos a la interpretación. El pensamiento no lo estaba.
“La creencia en la singularidad del pensamiento humano surge temprano en la vida y se mantiene estable a lo largo de toda la vida”, dijo uno de los primeros autores del estudio, el Dr. Karri Neldner, en un comunicado de prensa. Esa distinción da forma a cómo las personas tratan a otros animales:
“Las capacidades mentales atribuidas a los animales también determinan su estatus moral. De esta manera, las personas pueden justificar el uso de animales para alimentación, medicina o entretenimiento”, añadió Neldner.
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Mentes Animales y Fronteras Morales
Las creencias sobre las mentes animales no solo reflejan cómo piensa la gente sobre los animales, sino que también ayudan a determinar qué especies son tratadas como moralmente relevantes. Al trazar una línea muy marcada entre el pensamiento humano y el animal, las personas pueden reconocer simultáneamente el sufrimiento animal mientras justifican el uso de animales para alimentación, trabajo o entretenimiento.
La mayoría de las investigaciones previas sobre las mentes animales se han centrado en las sociedades occidentales. Para ver si estas creencias se mantenían de manera más amplia, el equipo trabajó con entrevistadores locales en cada comunidad, realizando entrevistas en las lenguas nativas de los participantes. Este enfoque riguroso garantizó que los matices culturales y lingüísticos se capturaran de manera efectiva, proporcionando una visión genuinamente global de cómo los humanos perciben a otras especies.
El estudio subraya que el concepto de "excepcionalismo humano" no es una construcción puramente filosófica o académica, sino una intuición profundamente arraigada que se manifiesta en decisiones éticas diarias. Si el pensamiento racional complejo —o lo que percibimos como tal— es la única cualidad que otorga pleno estatus moral, entonces se establece un marco conveniente para la explotación, siempre que se minimice o se redefina el sufrimiento. Este mecanismo cognitivo permite mantener una conciencia moral relativamente tranquila mientras se participa en prácticas que, de otro modo, se considerarían inaceptables si involucraran a humanos.
Vistas Transculturales sobre el Pensamiento y la Emoción Animal
A través de culturas, edades y regiones, los participantes estuvieron ampliamente dispuestos a conceder vidas mentales a los animales. En la muestra completa, que incluyó a 1.025 niños y adolescentes de 4 a 17 años y 190 adultos de 33 comunidades en 15 países, la mayoría de los encuestados informó que los animales pueden tanto pensar como sentir.
Las estimaciones del modelo sugieren que los niños de alrededor de 10 años eran propensos a afirmar que los animales tienen pensamientos casi el 90 por ciento de las veces, y sentimientos incluso con más frecuencia. El apoyo a esta idea aumentaba con la edad, y los adultos de todas las comunidades estaban abrumadoramente de acuerdo en que los animales poseen tanto pensamientos como sentimientos. Esto demuestra que la empatía básica hacia la vida mental animal no es algo que se aprenda en la edad adulta, sino que es una característica predominante incluso en la niñez.
Pero cuando se preguntó a los participantes si los animales piensan como los humanos, el patrón cambió drásticamente. Niños, adolescentes y adultos por igual negaron sistemáticamente que los animales tengan pensamientos similares a los humanos, un límite que apareció tan pronto como a la edad de cuatro años y se mantuvo estable a lo largo del desarrollo y las culturas.
Los sentimientos contaron una historia diferente. Los participantes estaban mucho más dispuestos a decir que los animales experimentan emociones similares a las de los humanos, y esos juicios variaron más entre comunidades. Los niños que vivían en entornos urbanos eran más propensos que sus compañeros rurales a atribuir tanto pensamientos como sentimientos a los animales, una diferencia que refleja la variación en la exposición a los medios de comunicación, la educación y el contacto diario con animales como compañeros, ganado o posibles amenazas. En las zonas rurales, donde la interacción con los animales puede estar más orientada a la utilidad o el peligro, la percepción de la vida interior del animal se ajusta a un modelo más utilitario.
El Excepcionalismo Mental Humano: Una Intuición Universal
Los autores describen esta división como una forma de "excepcionalismo mental humano": una intuición casi universal de que lo que realmente separa a los humanos de otros animales no es la capacidad de sentir, sino la naturaleza del pensamiento humano. Este excepcionalismo se basa en la atribución exclusiva de capacidades cognitivas superiores a los Homo sapiens, tales como el razonamiento abstracto, la planificación a largo plazo, el lenguaje simbólico complejo y la autoconciencia metafísica.
Esta barrera cognitiva no solo es persistente, sino que se establece muy temprano en el desarrollo. La aparición de este sesgo a la edad de cuatro años sugiere que no es un producto de la educación formal compleja, sino que podría estar intrínsecamente ligado a cómo los humanos construyen su identidad social y moral. Desde pequeños, aprendemos a definir el "nosotros" (humanos) versus el "ellos" (animales) basándonos en la herramienta más valorada de nuestra especie: la mente racional. Si bien podemos aceptar fácilmente que un perro siente alegría o un cerdo dolor (emoción compartida), es mucho más difícil para la mayoría de las personas aceptar que un animal está deliberando o resolviendo problemas de una manera que refleje la profundidad del pensamiento humano (cognición exclusiva).
La estabilidad de esta distinción a través de 15 países con contextos culturales y económicos radicalmente diferentes (desde sociedades occidentales altamente industrializadas hasta comunidades indígenas) refuerza la idea de que este excepcionalismo no es una mera convención cultural, sino una característica profunda de la psicología humana. Incluso en culturas que tienen una fuerte tradición de respeto por la naturaleza y los animales, la línea divisoria se mantiene: los animales tienen un alma o un espíritu, pero la forma en que procesan la información y toman decisiones es fundamentalmente distinta a la nuestra.
El concepto de excepcionalismo mental tiene profundas implicaciones éticas y prácticas que van más allá de la mera filosofía. La atribución de pensamiento, tal como lo entendemos, está directamente ligada a la responsabilidad moral. Si creemos que un animal no puede planificar su futuro, comprender su confinamiento a largo plazo o deliberar sobre la justicia, es más fácil justificar las prácticas de explotación. Por el contrario, la emoción, aunque se comparte, puede ser fácilmente gestionada o mitigada. Podemos sentir compasión por el sufrimiento de un animal, pero si su pensamiento se considera de menor nivel, su derecho a la autonomía y la vida se devalúa automáticamente.
Pensemos en la industria alimentaria intensiva. Los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de los animales (bienestarismo) a menudo se centran en reducir el sufrimiento físico y emocional (evitar dolor, miedo, estrés). Este enfoque resuena porque las personas aceptan que los animales sienten. Sin embargo, el movimiento por los derechos de los animales, que aboga por la abolición, se basa en un reconocimiento más profundo de la autonomía y la capacidad cognitiva del animal. El rechazo universal a conceder a los animales un pensamiento similar al humano actúa como un escudo cognitivo, permitiendo que la sociedad se enfoque en el bienestar (manejo de la emoción) en lugar de en los derechos fundamentales (manejo de la cognición y la autonomía).
Además, el estudio sugiere una curiosa dicotomía en cómo la urbanización afecta estas percepciones. Los niños urbanos, con mayor exposición a los animales de compañía y menos contacto con los animales como recursos productivos, son más propensos a atribuirles un mayor rango de habilidades mentales. Esto podría deberse a la antropomorfización: al ver a los animales solo como compañeros (perros en el salón, gatos en la cama), proyectamos nuestras propias complejidades mentales en ellos con más facilidad. En entornos rurales, la relación es más transaccional (el ganado es alimento, el perro es un trabajador), lo que refuerza la necesidad de mantener esa frontera cognitiva para justificar su uso.
Repensando la Empatía y la Ética para los Animales
Los hallazgos sugieren que los llamamientos a la emoción compartida pueden ser más efectivos que los llamamientos a la inteligencia cuando se trata de fomentar la empatía por los animales. Si bien la gente acepta fácilmente que los animales sienten miedo, dolor o afecto, parecen mucho más resistentes a la idea de que los animales razonen, planifiquen o piensen como lo hacen los humanos.
Para los defensores de los animales, esto presenta una estrategia clara: es más eficaz centrarse en la capacidad del animal para experimentar sufrimiento y alegría que intentar demostrar que su capacidad de resolución de problemas es comparable a la humana. La conexión emocional es la puerta de entrada para la consideración ética. Cuando nos ponemos en el lugar de un animal que siente dolor o miedo, la justificación de la explotación se vuelve más tenue, aunque el muro del excepcionalismo cognitivo permanezca en pie.
Sin embargo, el objetivo final de cualquier ética de la conservación y los derechos es cuestionar esa línea divisoria autoimpuesta. Si la ciencia continúa revelando capacidades cognitivas complejas en especies no humanas (desde el uso de herramientas en los cuervos hasta la planificación social en los elefantes y la autoconciencia en los grandes simios), el muro del excepcionalismo humano podría resquebrajarse lentamente. El estudio nos muestra que este muro es extraordinariamente fuerte en la percepción pública, independientemente de la edad o el lugar.
Al rastrear estas creencias a través de culturas y desarrollo, el estudio destaca una intuición profundamente arraigada sobre lo que significa ser humano y plantea una pregunta central tanto para la conservación como para la ética: si el sentimiento se comparte, pero el pensamiento no, ¿dónde debería empezar la responsabilidad moral? La respuesta a esta pregunta no solo define nuestra relación con otras especies, sino que también nos obliga a examinar críticamente los fundamentos de nuestra propia humanidad. La dificultad de aceptar que otros seres pueden compartir nuestras capacidades racionales es, quizás, la mayor barrera que debemos superar para forjar un futuro ético más inclusivo para todas las formas de vida sintientes.
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Fuentes
https://www.mpg.de/25934470/1219-evan-how-people-see-animals-150495-x?c=2249
https://www.apa.org/pubs/journals/releases/env-env0000451.pdf

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